Cormoranes en el Golfo Nuevo, Patagonia
Cormoranes, los buceadores del ecosistema costero patagónico
En el Golfo Nuevo habita una gran diversidad de aves costeras. Entre ellas, hay un grupo que se destaca por una habilidad poco común entre las aves: sumergirse y bucear activamente en el mar.
Los cormoranes son las aves buceadoras más emblemáticas del ecosistema costero patagónico. Silenciosos en vuelo, precisos bajo el agua y siempre ligados al mar, forman parte del paisaje cotidiano del Golfo. Conocerlos y aprender a reconocerlos no solo nos acerca a su biología, sino que también permite leer el estado de salud del ecosistema costero.
Las colonias de cormoranes funcionan como verdaderos indicadores ambientales: dependen de la disponibilidad de peces, utilizan sitios específicos para reproducirse y son sensibles a las perturbaciones humanas. Cambios en el tamaño o la ubicación de estas colonias suelen reflejar alteraciones en el ambiente marino-costero, como presión pesquera, actividad turística intensa o modificaciones del hábitat
El cormorán imperial (Leucocarbo atriceps)

Habitante de las costas antárticas y del sur de la Patagonia, el imperial es el más grande y llamativo de los cormoranes que se observan en la región. Mide entre 70 y 78 centímetros de largo y pesa entre 1,8 y 3,5 kilogramos. Como ocurre en muchas especies marinas, los machos son más grandes que las hembras.
Su plumaje es principalmente negro brillante, con el cuello y el vientre blancos. Alrededor de los ojos presenta una piel de tono azulado muy característica y una perilla nasal de color amarillo anaranjado. Las patas son rosadas. Durante la temporada reproductiva desarrolla un penacho eréctil negro que desaparece fuera de ese período.
Es un buceador profundo y eficiente. Se alimenta principalmente de peces, con preferencia por las anchoítas, aunque también consume crustáceos, poliquetos, gasterópodos y pulpos. Para capturar su alimento puede bucear hasta 25 metros de profundidad, persiguiendo activamente a sus presas bajo el agua.
El cormorán imperial es una especie monógama y presenta alta fidelidad al sitio reproductivo. Durante la temporada reproductiva forma parejas estables que se reencuentran año tras año, y ambos padres participan en la construcción del nido, la incubación de los huevos y la crianza de los pichones.
La hembra puede poner hasta cinco huevos, aunque lo habitual es que sean dos o tres. El nido, construido con algas y pasto y consolidado con barro y excrementos, suele reutilizarse en temporadas siguientes. Los huevos eclosionan al cabo de unas cinco semanas.
El cuidado de los pichones es responsabilidad compartida de ambos adultos, que los alimentan con peces regurgitados y los protegen durante aproximadamente 40 días. La reproducción dentro de una colonia es altamente sincrónica, por lo que las perturbaciones en momentos clave pueden provocar el abandono de nidos o la pérdida completa de la temporada reproductiva
El cormorán imperial nidifica en grandes colonias sobre acantilados y rocas a lo largo de las costas patagónicas, desde Chubut hasta Tierra del Fuego.

El cormorán roquero (Phalacrocorax magellanicus)

Más pequeño y discreto, el cormorán roquero (también conocido como cormorán magallánico o de cuello negro) mide entre 65 y 70 centímetros. Habita las costas patagónicas de América del Sur y está estrechamente ligado a ambientes rocosos y acantilados costeros.
Su plumaje es principalmente negro, con una pequeña mancha blanca entre la zona auricular y la mejilla. El pecho, abdomen y zonas subcaudales son blancos. La cola es negra y las patas presentan un característico tono rosado claro. En la base del pico y entre el ojo y las narinas se observa una zona desnuda de color ladrillo a anaranjado.
Es un cazador zambullidor que se impulsa principalmente con las patas. Se alimenta de peces, especialmente especies bentónicas asociadas al fondo marino, y suele bucear a profundidades promedio de 12,5 metros.
Forma colonias pequeñas y, a diferencia de otras especies de cormoranes, permanece durante todo el año en las cercanías de sus sitios de nidificación. Presenta una marcada fidelidad al sitio, utilizando las mismas salientes de roca temporada tras temporada. Construye sus nidos con algas marinas en repisas naturales de los acantilados, lo que da origen a su nombre común.

La nidada suele ser de dos a cuatro huevos durante el mes de noviembre. La incubación dura alrededor de 30 días y, una vez nacidos, los pichones son alimentados por ambos padres durante aproximadamente 45 días.
El biguá (Phalacrocorax brasilianus)

El biguá, también conocido como cormorán neotropical, es el más versátil de los tres: su capacidad de adaptación le permite utilizar tanto ambientes marinos como estuarios, lagunas y ríos. Por esta razón, su distribución abarca gran parte de los trópicos y subtrópicos americanos.
Mide entre 70 y 75 centímetros de largo, con una envergadura alar cercana al metro y un peso de entre 1 y 1,5 kilogramos. Es más delgado que otros cormoranes, con una cola larga y una postura característica en la que el cuello adopta forma de S. El plumaje adulto es negro, con un parche de garganta de tono amarillo castaño. Durante la temporada reproductiva aparecen mechones blancos a los lados de la cabeza y un borde blanco en la garganta. Los juveniles presentan una coloración parduzca.
Su dieta se basa principalmente en peces pequeños, aunque en ambientes de agua dulce también consume renacuajos, ranas e insectos acuáticos. Se alimenta buceando y suele hacerlo en grupos.
Es monógamo y se reproduce en colonias. El nido es una plataforma de ramitas y gramillas con una depresión central. La puesta puede alcanzar los cinco huevos, que son incubados por ambos adultos durante 25 a 30 días. Los pichones son alimentados por los padres hasta aproximadamente las 11 semanas, y hacia la duodécima semana ya son independientes.
Observar sin interferir: una forma de cuidar
Observar cormoranes en su ambiente natural es una experiencia fascinante. Verlos bucear, secar las alas o ocupar acantilados y restingas permite comprender mejor cómo funciona el ecosistema costero patagónico.
Pero ese privilegio implica una responsabilidad. Las colonias de cormoranes son sensibles a la presencia humana, especialmente durante la reproducción. Mantener distancia, evitar ruidos, no acercarse a nidos ni pichones y respetar las épocas reproductivas es fundamental para no generar estrés ni alterar comportamientos esenciales para su supervivencia.
La costa no es solo un paisaje: es su hogar.
Mirar sin interferir, observar sin invadir y aprender sin alterar son gestos simples que marcan una gran diferencia. Cada observación responsable contribuye a que el Golfo siga siendo un espacio vivo, diverso y equilibrado para quienes lo habitan… y para quienes lo visitan.



